Frustraciones de junio.

En mi experiencia, todas las personas a las que he consultado sobre su voto a opciones de populismo de extrema derecha han expresado una visión que relativiza el valor de la vida ajena, tanto la de otros seres vivos como, de manera especialmente notable, la de otros seres humanos:

Los han llamado:

  • “Sacrificios de guerra”, seguido de emojis de risa.
  • Gente a la que hay que “pasarle el carro por encima” porque quiere que “el Estado la mantenga” y no sirve para nada.
  • “Gente pobre sin capacidad de entendimiento”.
  • “Indígenas que quieren todo regalado; por eso vale más la vida de un blanco, porque trabajan más”.
  • “Minorías diferentes a ti, porque tú sí eres una negra diferente y mereces estar viva” (a esta persona claramente la bloqueé de todas partes).
  • “No puedo votar por guerrilleros por los niños muertos” (el Ejército, los paramilitares y el narcotráfico han matado a más niños, y eso tampoco está bien; precisamente, la historia de los gobiernos de Colombia ha sido la de someter a los más vulnerables).
 

 

Dicho esto, una amiga me contaba las razones de su voto. Había muchos argumentos que, desde los datos, son completamente refutables. Desde mi perspectiva algunas opiniones reflejan un sesgo asociado a la falta de conciencia de clase de muchos de nosotros. Sin embargo, ella dijo algo clave: la gente vota con odio.

Hemos crecido en un entorno de control neoliberal y capitalista que nos impulsa a rechazar todo aquello que implique bienestar comunitario. Esto sucede principalmente cuando percibimos que ese bienestar común va en contra del deseo individual de tener más que los demás. Desde el odio se decide defender lo irracional y lo destructivo, simplemente por la necesidad de tener la razón.

El odio que nos han sembrado nos impide ver la historia. La violencia en Colombia ha sido el  común denominador de los momentos más importantes de nuestra trayectoria como país, y este patrón se repite en muchas partes del mundo. Desde el odio queremos creer en una guerra inexistente, una narrativa que parece encaminarnos hacia figuras ridículas y populistas. Porque resulta más fácil elegir a alguien que destruya, que votar por aquello que nos invita a compartir, precisamente lo que nos enseñaron a odiar: las ideas de mejora colectiva, la construcción de condiciones sociales más equitativas, la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de una sociedad donde las personas puedan vivir con dignidad. Al final del día, nos convertimos en una especie que valora el esfuerzo solo si beneficia al individuo, porque como dicen  muchas personas que aún creen en la meritocracia "mi trabajo no va a ser para sostener vagos", pese a que solo desde el colectivo se construye comunidad.

Al final, son precisamente esas condiciones las que contribuyen con el aumento del conflicto. La percepción del bien y del mal, de lo que sabemos que es correcto e incorrecto, existe en la mayoría de nosotros. Que triste fue descubrir  que, cuando muchas personas se enfrentan con su propia humanidad, el ego y el odio terminen convirtiéndose en los pilares de sus decisiones.

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